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viernes, 24 de agosto de 2012

VII Encuentro Anual de Funcionarios y Servidores Publicos


Llego el gran dia. Nos encontramos el sábado 15 de setiembre. Acompañemos a los condecorados 2012. Inscríbase en servidoresdelestado@gmail.com

viernes, 29 de agosto de 2008

viernes, 2 de mayo de 2008

Valoración de la función y el servicio públicos

De Palestra: Portal asuntos públicos PUCP
Hélan Jaworski
Director de Palestra / Presidente de la Comisión de Gobierno de la Facultad de Gestión y Alta Dirección de la PUCP


Síntesis: El Perú ha carecido de una estructura real de modernización de los servicios públicos desde la década de 1970, de tal manera de que todos aquellos son percibidos como de gran inutilidad. Sin embargo, y pese al letargo en la adaptación de modelos, la presión de determinados organismos y sectores de la sociedad han puesto sobre el tapete los problemas y se empiezan a tomar acciones para auspiciosas mejoras en esa materia. [Photo]
En ciertos sectores del país pareciera subsistir un agresivo consenso sobre la inutilidad de la función y el servicio públicos, la urgencia de eliminarlos y… única solución aconsejable ¡privatizar toda la acción del Estado! Esta postura, que tuvo gran aceptación a mitad de los años noventa, naturalmente se ve respaldada por las muchas veces justificadas quejas de numerosos usuarios de los servicios "públicos" y de otros tantos descorazonados clientes de oficinas y reparticiones que van del más alto nivel de los poderes del Estado a las más humildes municipalidades. Los actores políticos, y en particular los políticos profesionales, según su ubicación, oficialismo u oposición, defienden… o atacan en bloque al Gobierno, pero en muchos casos coinciden en una crítica a menudo sin atenuantes de la "burocracia", responsable al parecer de una gran mayoría de los males incurables que padece el país. Si se mantiene la vigencia del dicho ' Vox populi, vox Dei' ¡razones deben haber! ' El hecho es que el burócrata (término adobado con de una fortísima carga despectiva) resulta satanizado a un punto tal, que pocos jóvenes se animan a visualizar su futuro trabajando en organismos estatales o ingresando a una eventual carrera pública, que la voz de muchos reputa ser solamente suerte de fracasados o incapaces. Y el anatema recorre toda la escala, desde los empleados de ministerios y dependencias, ejecutivas, legislativas o judiciales, hasta los maestros de las escuelas primarias del interior, la policía, personal médico y sanitario auxiliar de los hospitales de Essalud, funcionarios municipales e incluso los bomberos, que buena parte de la población asume son funcionarios estatales ¿Quién quiere arriesgar su futuro en actividades devaluadas o resignarse desde sus veintitantos años a no entrar en la carrera pública por los méritos, frente a la competitividad y la alta rentabilidad que persiguen sus coetáneos? Son numerosas las encuestas y sondeos en las que la opinión de amplios sectores sobre hechos negativos de actualidad viene acompañada de inevitables referencias peyorativas a la burocracia y otras muchas donde una institución o una personalidad (especialmente si es un político) soslaya ataques o se pone a reparo de los mismos derivando la culpa sobre las deficiencias del servicio público. Tiene que haber – y de hecho la hay – mucho de verdad en las deficiencias y deservicios que el público percibe, pero también es cierto que hay una gran dosis de ensañamiento e ignorante lectura de la realidad en los comentarios de prensa y en el discurso de ciertos adalides de posiciones económicas que proclaman como solución la reducción radical o diezmo de la fuerza laboral del Estado como se hizo a inicios de la década pasada. Allí comenzó o se acentuó el proceso de descalificación del empleo público y con ello se abrió una seria fractura en la arquitectura institucional de la nación, bajo el errado supuesto de que todas las actividades "importantes" o "esenciales" podían privatizarse, mientras las "otras" por no llamarlas "marginales" quedarían en manos del Estado. Con tal criterio, se devaluó la importancia de la educación, de la salud, de la seguridad pública y ciudadana y de otros servicios esenciales y se informaba a la población que esas eran actividades de segundo sino de tercer nivel. La ignorancia es muy atrevida, y cuando se quiere imponer un punto de vista pero no se quiere mirar sino el propio ombligo, se busca convencer a los ciudadanos a través de los medios de que lo que suceda en otras partes no importa, y se puede tratar de tapar el sol con un dedo. Los miles de artículos que se escribieron contra tales absurdos exponiendo como ningún país desarrollado, ni en América Latina ni en Europa, ni en Asia y para mal de sus pecados, ni los Estados Unidos habían desatendido ni menos debilitado las estructuras centrales de la función pública, aún cuando hubieran transferido por concesiones, usufructos a largo plazo o privatizaciones muchas funciones, esencialmente empresariales y económicas, no recibieron la más mínima atención ni consideración por los gobernantes de la época. Tampoco se prestó mayor atención a conocer en profundidad los modelos de la nueva gestión pública (New Public Management) que durante la década de los noventa fueron centro de un intenso debate a nivel mundial sobre la pertinencia de la transferencia, copia o adaptación por los sectores públicos de diversos países de procedimientos, métodos y sistemas provenientes de la experiencia de la empresa privada, ni de la apertura que las empresas de esos mismos países iniciaron respecto de estas nuevas administraciones "aggiornadas" que debían lidiar ahora con inéditas tareas (sobre todo por el volumen) de supervisar y regular servicios públicos privatizados, concesiones, fusiones, ejecuciones compartidas, adquisiciones y contratos millonarios, que excedían la capacidad y la preparación de los funcionarios heredados del pasado. Esto mismo ocurrió en el Perú.
Saquemos las conclusiones de lo que heredamos al ingresar al nuevo milenio. Una administración pública obsoleta cuyos últimos cambios significativos (correctos o errados) se hicieron en la década de los años setenta, antes de la crisis de la deuda y de los ajustes estructurales. El inicio del cambio hacia la modernización y reforma del estado se dio solamente a partir del 2001 durante el gobierno de transición. Una administración que, además de obsoleta como estructura, traía gran parte de su personal falto de preparación y de incentivos, sin procesos de actualización ni reciclaje y sobre todo, expuesto al escarnio público sin mayor defensa, fuera de sus propias organizaciones gremiales, inadecuadas tanto para defender sus derechos como para formular propuestas innovadoras y empujar el tránsito a la modernidad. Una voluminosa masa de servidores públicos, desde el nivel local hasta el central, mal remunerada, sin convicciones, sin calificación aceptable, temerosa por su estabilidad a pesar de los cursos y "nombramientos", desanimada por el ambiente de nepotismo y clientelismo predominante a todo nivel, desconfiada sobre la aplicación de sistemas que garanticen la llegada de la meritocracia, proclive a sucumbir a las presiones del poder y de la "coima", fácil presa por tanto de la corrupción, penosa y crecientemente insensible al discurso ético. La inexistencia de centros de planificación, gestión estratégica y gestión del conocimiento en el espacio público, que fomentaran la investigación, el desarrollo y la innovación, con un clamoroso abandono de los organismos que debían abrir camino en materia de ciencia y tecnología. La carencia de esta función vertebral (que nos ha llevado a ocupar los últimos lugares de la región) en la producción de saber científico, ha repercutido a todos los niveles dejando a todas las reparticiones del Estado libradas a una estéril lucha por bocados del presupuesto, sin prioridades arbitradas y sin visión prospectiva de largo plazo. Una ausencia de programa de cambio y de institucionalidad adecuada para motivar a la empleocracia y para formar nuevos cuadros de personal joven, formado en nuevas disciplinas y conocedor de modernas tecnologías y dispuesto a compartir un proyecto nacional desde el Estado. Si no era posible replicar la experiencia de los países centrales (e incluso de muchas de sus colonias) donde siempre fue timbre de orgullo servir primero a la Corona o al Rey y luego a la República y ser un funcionario de Estado Y de parte del sistema político, una total falta de vergüenza y de coraje para reconocer los errores que generaron esta situación, para postular que la culpa no está ni estuvo en los empleados y funcionarios, sino en quieres les retacearon la atención, los medios y la formación para poder hacer un trabajo medianamente eficaz. Es honesto reconocer que en los siete años trascurridos se han dado pasos significativos. El recurso a consultores externos, la presión de la ciudadanía y el diálogo abierto con las universidades han comenzado a dar frutos. En lo inmediato, después de un frustrante inicio, también la presión de los gobiernos regionales por mejorar su rendimiento y levantar su eficiencia ha comenzado a pesar sobre el Gobierno Central. Es muy larga la lista de tareas pendientes, comenzando por la Ley de la carrera pública y terminando por la puesta en marcha del CEPLAN. Pero hay una tarea esencial, urgente e ineludible: devolver dignidad y prestigio a las mujeres y hombres que en todo el territorio nacional se reconocen como servidores del Estado.

sábado, 9 de febrero de 2008

[Reespublica] Diez lecciones sobre el liderazgo que aprendí a fuerza de golpes

 

De Desarrollo Cristiano

LIDERAZGO
por Samuel O. Libert
En nuestro ejercicio del liderazgo se reciben muchos golpes. Cada uno tiene diferente fruto en nuestra vida y ministerio. Unos corrigen actitudes e ideas erradas, otros construyen carácter, también hay los que afinan la visión de nuestro ministerio. En el artículo, el autor nos comparte de su propia experiencia lo que él aprendió por los golpes recibidos.

Primera lección: «Por la gracia de Dios soy lo que soy»

No sé si todos los líderes sienten lo mismo, pero a mí me agrada ser líder. Cuando era adolescente me preguntaba interiormente si eso no sería un pecado. ¿Es pecado sentirse a gusto como líder?… Sí, cuando te mueve el orgullo. No, cuando sientes que Dios te llama a servir. Pero ¿qué pasa cuando ocurren ambas cosas al mismo tiempo?… Me sentía llamado a servir, pero el problema era mi orgullo. Tenía quince años y era presidente de la unión de jóvenes de mi iglesia. Deseaba ser admirado, elogiado, respetado. Soñaba con caminar en medio de la multitud y que la gente dijera al verme pasar: «Allí va Samuel, el líder». Soñaba con recibir aplausos y halagos. No era consciente de mis faltas. Días atrás un periodista le preguntó a una mujer que tiene liderazgo político en la Argentina: «Señora, ¿cuáles son sus defectos?» Ella contestó: «Mi defecto es no saber cuáles son mis defectos». Así era yo. En mi adolescencia imaginé que el diablo me llevaba a un monte para ofrecerme la fama y la gloria de este mundo. Una vez pensé en eso y tuve miedo. Lo recordé años después en Barcelona, cuando el pastor Bonet me condujo hasta la cumbre del monte Tibidabo para mostrarme una espléndida visión panorámica de aquella ciudad, y me preguntó: «¿Sabes por qué este monte se llama Tibidabo?». «No», —le contesté. «Hay una vieja leyenda», —me dijo, «que supone que aquí Satanás le mostró a Jesús el mundo y su gloria diciéndole: «Tibidabo, te lo daré». No lo he olvidado. He aprendido que en el liderazgo hay muchas tentaciones de gloria. Todo líder puede encontrarse con un Tibidabo. El Señor tuvo que quebrantarme un día, tiempo después, hasta llevarme a reconocer, como el apóstol Pablo, que tan sólo «por la gracia de Dios soy lo que soy» (1 Co. 15:10).

Segunda lección: Ser líder no significa ser juez

Tenía dieciocho años y había ido a predicar ante una pequeña congregación en uno de los suburbios más pobres de la ciudad. Con el impulso propio de la edad dije algunas palabras muy fuertes, amonestando a los hermanos. Uno de ellos, anciano, interrumpió mi sermón y, puesto en pie, me dijo: «Usted es un mentiroso y un hipócrita». No supe qué hacer ni qué decir. En ese momento todos guardaron silencio y yo me sentí impulsado a abandonar el púlpito. Pero no lo hice. Con los ojos nublados por las lágrimas traté de terminar mi mensaje sin referirme al incidente, agregué algunas frases más o menos incoherentes, e inmediatamente regresé a mi casa. Me sentía profundamente herido, humillado, agraviado, y lloré largamente. No quise reconocer que en mi mensaje yo había sido injusto con la congregación. Tampoco pensé que la reacción del anciano que me había reprendido era comprensible, pues había sido provocada por mi propia altivez. Además, considerándome lastimado por una grave ofensa, no tenía la menor intención de perdonar al culpable de esa agresión verbal. Comencé a cultivar pensamientos tan extravagantes como: «Esto me pasa por ser líder. Es el precio que tengo que pagar por el liderazgo. Soy una víctima de la agresión del pueblo, como Moisés en el desierto», etcétera. Hay muchos líderes que se sienten víctimas. En esos días me sentí un líder víctima. Es más cómodo sentirse víctima de una injusticia ajena que reconocer la injusticia propia. Abusando de mi condición de «líder incipiente» yo había prejuzgado a un grupo de fieles cristianos. Ser líder no significa ser juez. Gracias a Dios, muy poco tiempo después el anciano y yo pudimos llegar a una genuina reconciliación y a comprender mejor los valores del pasaje de Mateo 7:1-5.

Tercera lección: Además de ser fuerte, el líder debe saber perdonar

Esta lección se parece a la anterior, pero no es igual. En mis años de estudiante me tocó leer la novela gauchesca Don Segundo Sombra, del autor argentino Ricardo Güiraldes. Me sentí impactado por un pasaje en el que un hombre le daba algunos latigazos a un joven y le decía: «¡Hacete duro muchacho!» (hazte duro, muchacho). El doctor Stanley Jones, médico misionero en la India, afirmaba que sería ideal que el buen líder tuviera piel de rinoceronte (¿o de hipopótamo?) para no sentirse herido por las flechas de sus adversarios. Desde distintos ángulos ambos escritores enfatizaban la importancia de la fortaleza del líder o del futuro líder. A veces un líder es objeto de ataques injustos, de acusaciones falsas, de intrigas palaciegas carnales. ¿Qué debe hacer? ¿lamentarse? ¿abandonar la carrera? ¿darse por vencido? Los grandes hombres de la Biblia pasaban a través de tales crisis tomados de la mano de Dios. El apóstol dijo a los cristianos de Corinto: «Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado, pero el que me juzga es el Señor» (2 Co. 4:3,4). El verdadero líder es fuerte. El verdadero líder sigue adelante. El verdadero líder ama a toda la gente. El verdadero líder perdona, como el gran líder Esteban perdonó a sus victimarios.

Cuarta lección: «El líder cristiano no da órdenes, sino que las recibe del gran Jefe y las obedece»

Varios pastores viajábamos en un autobús rumbo al sur de la Argentina. A mi lado se sentó un veterano siervo de Dios, mucho mayor que yo. En un momento de la conversación me dijo: «Casi todo líder suele atravesar un proceso hacia la madurez. Durante el primer período cree que puede alcanzar todo lo que se proponga. En el segundo período se siente frustrado y piensa que no puede hacer nada. Y en el tercer período comprende, por fin, que sólo Dios es el que hace todas las cosas». Aunque no se lo dije, yo me sentía en el segundo período, ¡y en el primero me había ido bastante mal!… Tenía poco más de veinticinco años de edad. Había alcanzado ciertas ventajas materiales en una gran compañía de seguros, ocupaba también varios cargos denominacionales, pero me sentía desconcertado. Las cosas no salían como yo quería. No estaba satisfecho. En realidad, arrastrado por la inercia, seguía dedicándome a las tareas del primer período, pero ya no creía que podría conseguir todo lo que me propusiera. Me hallaba exactamente en la condición descrita por mi compañero de viaje. Pensaba que no podía hacer nada más. Pero, a causa de la plática, vinieron a mi memoria unas palabras de la Biblia: «Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Fil 2:13) ¿Qué lugar había dado a Dios en mis planes?… Claro, eran mis planes. Yo los hacía, y después pedía que Dios «pusiese su sello de aprobación». No estaba habituado a pensar seriamente en los planes del Señor y seguirlos. Un amigo me dijo una vez: «El líder cristiano no da órdenes. El líder cristiano recibe órdenes del Gran Jefe y las obedece». Tenía razón. Tuve que aprenderlo.

Quinta lección: Un líder debe trabajar en equipo

En los primeros años de mi liderazgo pretendía hacer todas las cosas solo. No sabía trabajar en equipo. A veces me sentaba ante la máquina de escribir hasta la madrugada. Viajaba por la noche a Buenos Aires (o a otra ciudad), tenía reuniones todo el día, y regresaba a Rosario viajando otra vez durante la noche siguiente. Generalmente eso ocurría los sábados. Cuando llegaba a mi casa ya era la mañana del domingo y debía ir a predicar a la iglesia, además de enseñar en una clase de la escuela dominical. Después comía velozmente, dormía una breve siesta e iba a ocupar nuevamente el púlpito. Durante la semana también trabajaba con un ritmo acelerado y obsesivo. Así se veía afectada mi vida familiar y se deterioraba mi salud física, emocional y espiritual. En lo físico, porque no tenía suficiente descanso. En lo emocional, porque vivía preso de toda clase de tensiones. En lo espiritual, porque era mal mayordomo del tiempo y eso me llevaba a abandonar responsabilidades en el hogar y a descuidar muchos aspectos de la misión de la iglesia. Muchas veces mi esposa tenía que reemplazarme. Pero un día, durante los momentos humorísticos de un campamento evangélico, unos jóvenes imitaron risueñamente mi manera de ser. Lo hicieron con mucha sabiduría. Esa hora amena me trajo un mensaje del cielo. Fue como la voz de Jetro diciéndole a Moisés: «No está bien lo que haces. Desfallecerás del todo… No podrás hacerlo tú solo» (Ex. 18:17,18). Y el consejo de Jetro seguía: «Además escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez. Ellos juzgarán al pueblo en todo tiempo; y todo asunto grave lo traerán a ti, y ellos juzgarán todo asunto pequeño. Así aliviarás la carga sobre ti, y la llevarán ellos contigo» (vv. 21,22). Hasta entonces Moisés contaba con el apoyo de «los ancianos de Israel» (Ex. 3:16), pero en el ejercicio concreto del liderazgo y la atención del pueblo, él estaba completamente solo (Ex. 18:13-16). Necesitaba tener un equipo bien organizado, un grupo de colaboradores con quienes compartir el liderazgo. Jetro le mostró el camino. Y a mí también. Un líder debe trabajar en equipo.

Sexta lección: El líder sabe ganar y perder sus batallas

Todo líder tiene que acostumbrarse a perder algunas batallas. A veces perdemos en un debate con los demás miembros del equipo, porque los demás tienen razón y nosotros no. Otras veces, aunque tengamos la razón, también perdemos porque ellos analizan el asunto desde otro punto de vista. Lo difícil es decidir qué pasos vamos a dar después de perder la batalla. En general, las batallas protagonizadas por el liderazgo no son sobre temas teológicos sino sobre criterios administrativos y otros asuntos prácticos. Por ejemplo, suele ser un debate relativo a la computadora que hay que comprar para la tesorería, porque es necesario reemplazar el modelo que estamos usando actualmente. O una discusión sobre las características que debe tener la ampliación y reparación del edificio dedicado a la educación cristiana. O un estudio para coordinar los calendarios de actividades de todos los organismos de nuestra iglesia. Etcétera. Si perdemos la batalla, el primer paso es aceptar la voluntad de la mayoría, salvo que la mayoría haya tomado decisiones antibíblicas, como —por ejemplo— suprimir la Cena del Señor, abandonar la práctica del bautismo, o negar alguna doctrina fundamental. Fuera de tales excepciones, es bueno someterse democráticamente a lo que los demás hayan resuelto aunque no nos agrade el tipo de computadora o el color de la pintura del edificio. El segundo paso es no comentar con otros hermanos nuestro disgusto por la decisión adoptada. La siembra de críticas produce malos frutos, sobre todo cuando procede de un líder. El líder no ha de ser hipersensible, sino maduro.

Hay denominaciones, iglesias y organismos varios que eligen a sus directivos mediante el voto de sus miembros. Si un líder no resulta nombrado, debe aceptar ese hecho sin sentirse menospreciado por sus hermanos. El liderazgo no siempre depende del cargo que uno ocupa. A Diótrefes le gustaba «tener el primer lugar entre ellos» (3 Jn. 9); pero él no era realmente un líder. Los que no son verdaderos líderes se envuelven en guerras despiadadas contra hermanos que están en el liderazgo, como si ignorasen que Dios nos ha dado espíritu de dominio propio (2 Ti. 1:7) para todas las circunstancias.

El tercer paso es orar por los que ganaron la batalla y brindarles nuestro amor fraternal. Un predicador latinoamericano dice: «no ores a los santos; ora por los santos, por tus hermanos en la fe». La oración favorece la unidad. En mi congregación hay un equipo de 56 líderes fieles, hombres y mujeres que sirven al Señor y trabajan en la iglesia. No todos piensan igual. No todos tienen los mismos criterios. Pero ellos saben ganar y, sobre todo, saben perder batallas. Permanecen unidos en sus respectivos ministerios, sin magnificar sus diferencias de opinión. Eso es lo que Pablo pidió a Evodia y a Síntique (Flp. 4:2). Así la iglesia de Filipos podía regocijarse en el Señor.

Séptima lección: Las críticas deben hacer crecer al líder

Un buen líder no debe limitarse a aceptar las críticas. También tiene que investigar si las críticas son fundadas y cambiar lo que haya que cambiar. No es extraño que algunas veces los líderes oigamos ciertas críticas asumiendo una actitud de tolerancia y benevolencia, para después echarlas en saco roto sin analizarlas seriamente. Por supuesto, no sería sano rasgarnos las vestiduras y mesarnos los cabellos si creemos que las críticas son injustas (tal vez no sean tan injustas). Pero tampoco es sano actuar con indiferencia ante las críticas razonables. Es obvio que todo líder está expuesto a la crítica, porque cumple su ministerio ante la mirada de muchos. Pero no debe ignorar la opinión de sus críticos. Jesús preguntaba: ¿Quién dice la gente que soy yo?» (Lc. 9:18). Había distintas respuestas en cuanto a su identidad. También había personas que lo admiraban y otras que lo rechazaban. A veces caemos en el error de citar al Quijote cuando dice: «¿Ladran, Sancho? Señal que cabalgamos». Es mejor dejar a Cervantes y averiguar si las críticas pueden ayudar a mejorarnos y crecer. Hay líderes que imaginan que cada crítica es un ataque. Es mejor reconocer que cada crítica es un desafío, un reto que nos impulsa a seguir perfeccionando nuestro ministerio. Yo agradezco a mis críticos. Unos corrigieron mis errores en el púlpito. Otros señalaron mis defectos en el ministerio. Algunos me dieron nuevas ideas. Hubo cosas que me dolieron, y otras me hicieron sonreir. Pero todas las críticas son y siguen siendo útiles. Pienso que, en última instancia, las críticas son herramientas en las manos del Gran Alfarero.

Octava lección: Los líderes deben tomar decisiones difíciles, confiando en el Señor

Años atrás unos jóvenes me preguntaron si entre los instrumentos musicales que se usaban en el culto podían incluir una batería (un conjunto de instrumentos de percusión como los que tienen las bandas de rock, jazz y otros ritmos). Como entonces el uso de las baterías no se había generalizado tuve algunas dudas. Pensé en las tradiciones de mis padres y otros antepasados. Consideré también las antiguas costumbres de algunos diáconos y ancianos de la congregación que antaño habían llegado desde distintas regiones de España, Polonia y Holanda. Y contemplé, además, lo que dirían otras iglesias y otros líderes. Durante unos días tuve la intención de contestar «no». Hubo una época en que el órgano, el piano y el armonio a pedal eran los únicos instrumentos musicales aceptados en los cultos. Me acordaba de los muchos hermanos mayores que se habían escandalizado por el uso de guitarras en las reuniones. Sin embargo, leyendo el salmo 150 y otros pasajes vi que la Biblia apoyaba el uso de toda clase de instrumentos en la alabanza. Entonces dije que «sí»

La historia no terminó allí. Pocas semanas después un anciano de la congregación enfermó gravemente. Me llamó a su lecho de muerte y me dijo: «Mi última voluntad es que en la iglesia deje de usarse la batería. Que tal instrumento nunca vuelva a oírse en los cultos». Por supuesto, no era el momento de iniciar una discusión. Leímos unas porciones de la Biblia, como el salmo 23 y otros pasajes de inspiración, y oramos. Pocas horas después, este querido anciano partió a la eternidad. ¡Pero varios hermanos se habían enterado de su última voluntad! ¿Qué hacer? Se planteaba un conflicto entre la voluntad del anciano, la de los jóvenes y, por encima de todo, la de Dios. Como líder debía tomar una decisión en consulta con mi equipo, o tendría que llevar el asunto a la asamblea general de los creyentes miembros de la iglesia para que ellos resolvieran el problema después de un debate que podría causar dolorosos enfrentamientos. Oramos mucho y pensamos: «Un día estaremos en el cielo con este amado anciano, y allí conversaremos sobre el tema. Mientras tanto, por ahora vamos a seguir usando la batería en los cultos y veremos qué pasa». Nadie se opuso, y la iglesia fue grandemente bendecida. Muchos jóvenes fueron ganados para Cristo. Aquella batería se siguió usando con inteligencia, sin caer en el vicio del ruido ensordecedor. Hemos aprendido que Dios quiere que los líderes se atrevan a tomar decisiones difíciles, confiando en Él. «Jehová dijo a Moisés: ¿Por que clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen» (Ex. 14:15).

Novena lección: El líder no debe tener un ministerio selectivo para agradar y satisfacer

En un hermoso país, que aquí prefiero no identificar, fui invitado a predicar en varias campañas de evangelización durante un mes en distintas ciudades, como lo hacía de vez en cuando en otros lugares. En una de las cruzadas me acompañó todos los días un buen cantante cristiano. La noche de apertura, mientras él cantaba su primera canción, algunos muchachos se burlaron a gritos, le silbaron y le arrojaron colillas de cigarrillos y cáscaras o pieles de frutas. Después todo prosiguió normalmente. El programa de la comisión organizadora indicaba que en el momento de la invitación el cantante debía entonar el himno «Tal como soy» u otro similar. El pianista tocó el preludio dos o tres veces, pero el cantante se negó a cantar. Fue un momento difícil, aunque ello no impidió que hubiera decisiones. Al terminar la reunión conversé con él. Me dijo literalmente: «No quiero cantar para un público inculto». Le contesté: «Tú no debes cantar para el público. Tú tienes que cantar para Dios. Además, entre ese público, como tú lo llamas, hay centenares de personas que necesitan entregarse a Cristo. Invítalas con tu canto a aceptar al Señor. No eres un artista que busca los aplausos de la gente. Eres un líder que conduce a las almas a los pies del Salvador». Pero mi exhortación fue inútil. Aquel cantante, joven aún, quería tener un ministerio selectivo, destinado a los que él deseaba halagar y satisfacer, que supieran apreciar su arte, su calidad interpretativa, y no a aquellos que él consideraba «público inculto». Esto ocurrió hace mucho tiempo, pero entonces me hice una pregunta que sigo repitiendo: ¿No hay líderes de todo tipo, no sólo cantantes, que por su propia decisión se limitan a ministerios selectivos, buscando agradar a determinado tipo de personas al margen de las verdaderas necesidades de la gente sin Cristo y del pueblo de Dios? ¿no se parecen a los falsos profetas?… Durante la «reunión cumbre» de los reyes Acab, de Israel, y Josafat, de Judá, unos cuatrocientos profetas falsos se complacían en halagar a los distinguidos soberanos y sus acompañantes. Se trataba de un público selecto. Había que decir y hacer cosas agradables. El líder del grupo, Sedequías, hijo de Quenaana, aseguraba que Jehová le había revelado que Acab y Josafat se apoderarían de la ciudad de Ramot de Galaad, que estaba bajo el control de Siria. Eso era lo que los reyes querían oír. Sin embargo, perdieron la guerra (1 Re 22 y 2 Cr. 18).

Décima lección: El líder no debe sacar ventaja propia de sus relaciones con políticos

En América Latina la inestabilidad política no es extraña. En su historia se notan con cierta frecuencia los cambios de gobierno por golpes de estado o movimientos revolucionarios. La actividad de las guerrillas ya no sorprende a nadie. El problema para un líder cristiano es el riesgo de equivocar su estrategia. He predicado en casi todos los países de América Latina, con toda clase de gobiernos. Años atrás, al terminar un programa de televisión en un país que no era el mío, recibí la llamada de un dictador latinoamericano. Me llamó directamente a la estación, un minuto después de haber finalizado mi plática, y me dijo: «Preséntese mañana a las 10 a.m. en el Palacio de Gobierno. Identifíquese ante la guardia, y ellos lo llevarán a mi despacho. Quiero que conversemos personalmente». Como es lógico me presenté a la hora señalada y fui inmediatamente recibido por el Jefe de Estado. Se interesó en mi nacionalidad y origen étnico. Luego me preguntó: «¿Cree usted realmente en lo que dijo ayer por televisión?» Su inquietud era auténtica. Más adelante me dijo: «Comprenda usted que yo no puedo hacerme protestante. Tengo compromisos». Hablamos durante unos quince minutos. Me dijo que a lo largo de su gobierno había sido visitado por religiosos de distintas iglesias: «Me regalan Biblias, rezan y se van. Creo que algunos, no todos, utilizan estas entrevistas para hacerse propaganda». Me pareció que el dictador podía estar equivocado. Los líderes deben ser prudentes. Al despedirnos confesó que le interesaría mantener una buena relación con Dios. Ese había sido el tema de nuestra conversación. El rey Agripa dijo a Pablo: «Por poco me persuades a ser cristiano» (Hch. 26:28). Pero antes Pablo le había dicho que él había sido enviado por Jesús a abrir los ojos de los gentiles «para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios» (v. 18). El apóstol no intentó utilizar la entrevista con el rey Agripa en beneficio propio. Es otra lección importante.

Samuel Libert, de nacionalidad argentina, es pastor y evangelista internacional, maestro de Biblia y pastor por más de cincuenta años. Apuntes Pastorales, Volumen XVII, número 2.

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